Novela romántica contemporánea, Novela romántica histórica

Diez cosas que aprendí leyendo novela romántica

Desde hace años, leo novela romántica con mucha asiduidad. Como ya os he comentado en alguna ocasión, me gusta leer varias cosas a la vez y, entre mis libros, siempre hay uno del género. Vale, a veces, incluso más. Tras tanto tiempo como lectora, os quiero contar las cosas que he aprendido leyendo.

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Me gustan los finales felices

Pensarás, bueno, ¿y a quién no? Pues a mí, en general, no mucho. Si el libro acaba con casa en las afueras, piso, perro y trabajo millonario, es como si algo me faltara algo tras todo lo que he pasado. Salvo, en general, en novela romántica. Aunque eso está cambiando. Si hay un axioma básico en este tipo de libros es que deben terminar juntos y felices, pero cada vez leo más libros donde no todo es fantástico y maravilloso. No en su relación, of course, más bien con su entorno o con algún aspecto de su vida. Los finales felices no existen, pues, una vez que encuentras el amor, hay que vivir con él y seguir con la vida, que no siempre es fantástica y maravillosa. Eso es algo que las autoras actuales hacen muy bien. La pareja es feliz y vive su día a día con lo que les venga encima. Perfecto.

La importancia de definir a los personajes principales

La pareja principal es el eje de la acción, no descubro nada con esta frase. En novela romántica hay dos cosas que, en mi caso, deben ocurrir para que el libro me fascine: que pueda identificarme con los actos de —alguno de— los protagonistas y que me enamore un poco de algún personaje. Es por eso que es un género donde definir bien los personajes es esencial. Y, en la mayoría de las ocasiones, se consigue de forma fantástica.

Puedo enamorarme de personajes ficticios

No lo había pensado, o no me había dado cuenta, hasta que leí mi primer libro de novela romántica. ¿Dónde estarás, Nicholas Eden? El nivel de enamoramiento, en mi caso, va desde  «Venga, vale, está guay» hasta «¡Por Dios, qué salga del libro!».

Me encantan las sagas, pero a veces…

Me gustan mucho las sagas de familias. Comencé en histórica, y en contemporánea también hay muy buenas, sino de familias, de amigos o con trabajos similares (sí, ya, yo que sé). Es una forma genial de no decirle adiós del todo a un personaje que te enamoró o bien darle una oportunidad a un secundario que fue fantástico. Pero, ya que en este tema hay muchos peros, la cosa se puede ir de madre, alargarse y perder la identidad.

No me gustan los piratas

Ya, parece que este título se ha colado dentro de un artículo de la novela romántica. Pues tiene mucho que ver. Nunca había tenido ningún tipo de prejuicio a la hora de leer libros con tramas en barcos, marinas, de piratas o corsarios (y mira que yo estoy con Blas de Lezo) o cosas similares. No, hasta que comencé a leer novela romántica histórica ambientada en estos lares. Admito que he leído pocos, abandoné este tipo de tramas cuando acabé un libro cuya escena final era el pirata-churri-te-quiero-mucho (muy gilipollas y muy pegado de sí mismo) peleándose a espadazo limpio con el malo (malísimo de la muerte) mientras ella (pobre mujer sufridora) gritaba por los dolores del parto en la misma habitación. Sí, adiós libros de piratas, yo he acabado con vosotros.

Me he reconciliado con el Lejano Oeste

Nunca he soportado las películas del Oeste, es pensar en ellas y me entran escalofríos. Me parecen aburridas a más no poder, salvo algunas de John Ford, desde luego. Es por eso que nunca me había adentrado en la novela romántica ambientada en el mismo. Pero un día, una sinopsis me engañó, y lo que empezaba en el clásico Londres victoriano, acababa en el Salvaje Oeste. Y, oye, me lo pasé bien. Así que he leído unos pocos más que me han gustado, todos muy seleccionados y con muy buenas críticas, ya que sé que cuando uno falle, no leeré nunca más de este subgénero.

La excepción hace la regla

Vamos a situarnos: baja Edad Media, Inglaterra, un castillo perdido de la mano de Dios. ¿Qué haría una mujer noble en ese tiempo? Pues ya te digo yo que casi ninguna se acercaría a un mandoble, entre otras cosas le sería muy complicado levantarlo, pesaban como un demonio. En el fondo, y aunque hay libros que tratan el tema fantásticamente y no son aburridos, cuando leemos novela romántica, queremos amor y algo de acción. Y que la dama de turno se tire todo el día haciendo velas, cosiendo o tejiendo, al final puede llegar a aburrir. Así que nuestras heroínas son intrépidas, se arriesgan y dan vidilla al asunto.  ¡Y que así siga! Que no digo yo que hubo mujeres sorprendentes, pero eran las menos, para nuestra desgracia.

Embellecer la historia es lo habitual

De este noble arte sabían mucho los griegos antiguos, así que no es nada raro que hoy en día se siga dando. Aunque hay una razón de ser, ya que, ¿os podéis imaginar al noble de turno intentando ligarse a la dama en plena corte de Luis XIV con piojos en la cabeza y oliendo a estercolero? En Versalles, en el monstruo enorme que es Versalles, no hay letrinas. Los nobles, los cortesanos y demás, hacían sus necesidades tras unas cortinas en los largos pasillos. No quiero pensar en el olor…

Ahora vámonos a las Highlands, al highlander fantástico con su kilt, sus costumbres rudas y… sus pocos dientes. Midiendo muy poco, ya que eran más bajos en aquella época, intentando ligarse a la indómita inglesa que… pues mira que no.

Un poco de maquillaje por aquí, un poco de esto es una novela y no un manual de historia por allá, y listo. No seré yo quién me queje.

La campiña inglesa es divertida, ¡gracias, Jane Austen!

Antes de leer a Jane Austen, yo pensaba que no podía haber nada más aburrido que la campiña inglesa. Sus cabras, sus puritanos, sus bordados… Vamos, un coñazo infernal. Sin embargo, gracias a la imaginación de las escritoras de novela romántica, he descubierto que ese tipo de libros que, a priori pueden parecer anodinos, me gustan mucho. En la simpleza de lo que va ocurriendo, en las tramas algo más sencillas pero simpáticas. Para mí ha sido un mundo por descubrir.

No tiene que haber malo en la historia

Algo muy habitual es buscar al malo, el malvado que va a hacer que toda la trama se desarrolle; los protagonistas sufran,  se caigan, se levanten, lloren y crezcan. Pues bien, en novela romántica no hace ni chispica de falta. ¿Puede haber un villano? Sí, claro. ¿Puede no haberlo? También. En ocasiones, el malo de la historia no es un personaje en sí, sino los demonios ocultos de los personajes. Ya que, al final, es una historia de personajes, de amor entre personajes.

En resumen, estas son las diez cosas que aprendí leyendo novela romántica, ¿cuáles son las tuyas?

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